«Todos pensábamos que ese día iba a morir»: el hijo del dictador rompe el silencio sobre el 3 de enero

Cuatro meses después del bombardeo que sacudió Caracas y terminó con la captura de Nicolás Maduro —el hombre que condujo a Venezuela hacia una de las crisis humanitarias más graves de la historia reciente de América Latina—, su hijo habla por primera vez sobre aquella noche. El diálogo es con el diario español El País, y lo que cuenta es revelador. Nicolás Ernesto Maduro Guerra —Nicolasito, como lo llaman para distinguirlo de su padre— tiene 35 años, preside la Comisión de Política Interior en la Asamblea Nacional y es, hoy por hoy, uno de los pocos en Caracas que todavía habla del exdictador en tiempo presente: como si el régimen que destruyó la economía del país, persiguió a sus opositores y provocó el mayor éxodo migratorio de la región pudiera, de alguna manera, volver.

La noche del 3 de enero

Entre las dos y las tres de la madrugada, mientras las explosiones sacudían la ciudad y varios aviones de combate sobrevolaban Caracas, Maduro Guerra llamaba a su padre una y otra vez. Él le colgaba. «Se estará resguardando», pensó. Horas después, cuando Diosdado Cabello apareció y tampoco tenía noticias, el hijo le dijo a su esposa: «Yo creo que a mi papá lo mataron».

Antes de eso, el dictador había alcanzado a grabarle un audio a su hijo. «Nico, están bombardeando. Que la patria siga luchando, vamos para adelante», le dijo. Era, en los hechos, una despedida grabada por quien había gobernado durante años mediante la represión, el fraude y el terror de Estado. «Él pensaba que ese día moría», cuenta el diputado. «Todos pensábamos que ese día iba a morir».

Lo que siguió es parte de la historia que Venezuela aún está procesando. Maduro fue capturado en la casa donde dormía esa noche —dos pisos, paredes sin recubrir, vidrios sin blindar, un lugar que su propio hijo describe como misterioso: «No sabemos ni por qué estaba ahí»—. La famosa cámara acorazada hacia la que intentó correr resultó ser, según relata Maduro Guerra con cierta ironía, «un clóset de madera». Le volaron la puerta de un disparo, le destrozaron la rodilla de un golpe. Su esposa, Cilia Flores, terminó desmayada tras golpearse contra un mueble. «Menos mal que supimos que Cilia estaba bien después, porque el charco de sangre que había era bárbaro».

Dentro de la cúpula chavista, el caos era total. Los hermanos Rodríguez llegaron a dar al dictador por muerto y se negaron a hablar con los mediadores de Estados Unidos hasta recibir una señal de vida. «Les dijeron que si habían matado al presidente, no iban a hablar con asesinos. Yo soy testigo de eso», asegura el hijo, sin aparente conciencia del oxímoron: quienes gobernaron Venezuela durante años acusando de asesinos a otros.

Dos días después, el 5 de enero, cientos de drones estadounidenses tomaron el cielo de Caracas. Se posaban frente a las ventanas de edificios clave, como si escudriñaran a quienes había detrás. Llegaron hasta el Palacio de Miraflores. Hubo tiroteos, hubo pánico. «Un amigo mío que estaba en la montaña del Ávila grabó Caracas llena de drones, pero yo los vi aquí mismo», recuerda.

La vida en Brooklyn

El dictador que durante años vivió blindado, rodeado de escoltas y en palacios del Estado, duerme hoy en una celda estrecha del Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, la única prisión federal de Nueva York. Cuenta con 510 minutos mensuales para hablar con el exterior. Cada llamada comienza igual: «To accept the call, press five». Su hijo las graba todas.

Los primeros meses los pasó en aislamiento. Después, en Semana Santa, lo trasladaron a un módulo compartido. Fue ahí donde coincidió brevemente con el rapero Tekashi 6ix9ine, quien al salir mostró públicamente un muñeco de Bob Esponja firmado por el exdictador venezolano. «Debió coincidir con él un solo día. Mi padre me dijo que le había firmado algo, pero es que yo ni sabía que él era famoso», dice Maduro Guerra, y agrega: «Yo soy salsero».

Lo que más sorprende al hijo es el giro espiritual de su padre. Maduro lee la Biblia obsesivamente, todos los días. Le recita versículos en cada llamada —Mateo 6:33, Corintios 3, el Salmo 108—. «Mi papá nunca había sido así», dice. El hombre que durante años sostuvo un régimen acusado por la ONU de crímenes de lesa humanidad ahora lleva leídos alrededor de 60 libros: el Discurso de Angostura, obras completas de Bolívar, García Márquez, Rómulo Gallegos, Lenin, y el código penal de Nueva York, que le mandó para que Cilia Flores, abogada, lo estudie desde su celda en el ala femenina de la misma prisión.

En las llamadas, el fútbol también tiene su lugar. Cuando el Barcelona quedó eliminado de la Champions el 14 de abril, fue lo primero que Maduro mencionó. «Coño, esa fue una cagada», se lamentó. Nimiedades de quien gobernó con puño de hierro durante más de una década.

El regreso como apuesta política

Maduro Guerra no cree que su padre vaya a salir por la vía judicial, aunque reconoce que la batalla legal sigue. Su defensa, encabezada por el penalista Barry Pollack —quien representó a Julian Assange—, logró que Venezuela pueda financiar el proceso tras el levantamiento parcial de restricciones por parte de Estados Unidos. «El juez parece un buen hombre, vamos a dar la batalla jurídica, pero esto es parte de un acuerdo político», dice. La posibilidad de que el dictador regrese a Venezuela no depende, entonces, de la justicia, sino de la negociación entre gobiernos.

Sobre los errores que llevaron al 3 de enero, el diputado no esquiva la pregunta. «El 3 de enero fue una suma. De agresión, de sanciones, de errores. De intereses. De todo». Una enumeración que, convenientemente, diluye las responsabilidades de un régimen que durante años ignoró las advertencias, reprimió a su propio pueblo y apostó todo a la permanencia en el poder.

Antes de terminar la entrevista, El País le pregunta cómo está él. «Guardo mis emociones, trato de estar sereno. Ahora soy el pilar de mi familia, de mis tías, de mis hijas. Y también de mi papá». Cuando le dicen que debe ser su mayor apoyo, el diputado hace una pausa. «No sé», responde. «La verdad es que no lo había visto así». El hijo del dictador, buscando su lugar en la historia que su padre escribió a sangre y fuego.

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