Donald Trump está pagando un precio político inesperadamente alto, e inesperadamente rápido, por la guerra de Irán. Lo que la Casa Blanca esperaba que fuera una demostración de fuerza se convirtió en un lastre electoral que amenaza el control republicano del Congreso, a apenas seis meses de las legislativas de noviembre.
Los últimos sondeos no dejan margen a la interpretación: el 66% de los estadounidenses desaprueba la gestión de Trump en Irán, y el 61% considera que fue un error recurrir a la fuerza militar. Solo el 19% cree que la campaña fue un éxito. Si se promedian esos dos indicadores, el rechazo ronda el 64%, un número que Vietnam e Irak tardaron años en alcanzar.
El sondeo de Washington Post–ABC News–Ipsos, publicado este 3 de mayo, sitúa la aprobación general de Trump en el 37% y su desaprobación en el 62%: el pico de rechazo en sus dos presidencias. El indicador económico es todavía más severo: solo el 34% aprueba su gestión de la economía, siete puntos menos desde el inicio del conflicto. En inflación, la cifra cae al 27%. En costo de vida, se hunde hasta el 23%. Pew Research Center lo ubica en el 34% de aprobación, su mínimo del segundo mandato, con una caída notable en la confianza ciudadana sobre su uso prudente de la fuerza militar: del 46% el verano pasado al 38% hoy.
La comparación histórica es demoledora. En mayo de 2006, tres años después de la invasión de Irak, el 59% de los estadounidenses pensaba que esa guerra había sido un error. En enero de 1973, año de la retirada de Vietnam, el 60% decía lo mismo. Ambas guerras precisaron años de muertos, gasto y erosión nacional para llegar a esa cifra. La guerra de Irán llegó al mismo umbral en cuestión de semanas.
La guerra está deteriorando los indicadores económicos del presidente, precisamente los que le valieron su regreso al poder en 2024. El precio de la gasolina, la inflación y el costo de vida —sus argumentos más eficaces en campaña— ahora juegan en su contra, agravados por el impacto del conflicto en los mercados energéticos y el cierre del estrecho de Ormuz. Trump no pierde aún a la mayoría de su base republicana dura, pero sí se debilita entre independientes, republicanos moderados y los sectores que fueron claves en su victoria de 2024: exactamente los votantes que definen elecciones legislativas.
En noviembre se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado. Los republicanos tienen mayoría en ambas cámaras, pero en la Cámara esa ventaja es muy estrecha. En el Senado, la diferencia es de 53 contra 47, lo que obliga a los demócratas a ganar cuatro escaños netos para controlarlo.
La grieta más novedosa viene desde adentro del propio movimiento. Tucker Carlson, una de las voces más influyentes del ecosistema trumpista, afirmó esta semana que Trump actúa en la guerra de Irán más como «rehén» de Benjamin Netanyahu que como un líder soberano, y que las decisiones se toman en Jerusalén, no en Washington. Esa acusación golpea el núcleo del trumpismo: el principio de «América primero». Si sectores de la propia base perciben la guerra como una operación al servicio de un gobierno extranjero, el daño deja de ser puramente electoral y se convierte en una fractura interna del movimiento.
Con la mayoría del Congreso en disputa y los indicadores de aprobación en zona histórica de mínimos, Trump insiste en que la guerra terminó. Pero el estrecho de Ormuz permanece cerrado. Y las encuestas, abiertas.