sábado, junio 13, 2026

León XIV y la inteligencia artificial: una voz necesaria en medio del entusiasmo tecnológico

por Juan Pablo Bernal Gallegos

Mientras gran parte del debate público sobre inteligencia artificial oscila entre la fascinación acrítica y el miedo apocalíptico, León XIV eligió otro camino: volver a poner al ser humano en el centro.

Su encíclica Magnifica Humanitas, publicada esta semana, probablemente sea el documento más importante escrito hasta ahora desde el ámbito religioso sobre la revolución tecnológica en curso. No porque se oponga al desarrollo científico —de hecho, reconoce explícitamente el enorme potencial de la tecnología—, sino porque se anima a formular preguntas que hoy casi nadie quiere hacer: quién ejerce el poder tecnológico, hacia dónde se dirige y qué ocurre con la dignidad humana cuando todo empieza a medirse en términos de eficiencia, rendimiento y datos.

«El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente privado«, advierte el Pontífice al referirse a las grandes corporaciones tecnológicas que concentran una capacidad de influencia superior a la de muchos gobiernos. En tiempos donde unas pocas empresas controlan plataformas, información, algoritmos y flujos culturales globales, la observación no pasa desapercibida.

Pero la encíclica no se limita a una crítica económica o política. León XIV va más al fondo: sostiene que el verdadero riesgo de esta época no es la tecnología en sí misma, sino la posibilidad de que el hombre termine perdiendo conciencia de su propia humanidad. Por eso una de las frases más citadas del documento afirma que «existe un deber urgente de permanecer profundamente humanos».

La idea atraviesa todo el texto. El Papa cuestiona la ilusión de una técnica capaz de eliminar toda fragilidad, denuncia una cultura que valora a las personas por su productividad y advierte sobre la tentación de reducir incluso «el misterio de la persona» a información cuantificable.

En uno de los pasajes más potentes de la encíclica, León XIV contrapone dos imágenes bíblicas: Babel y Jerusalén. Babel representa una civilización construida sobre el poder, la uniformidad y la autosuficiencia humana; Jerusalén, en cambio, simboliza una comunidad edificada desde la cooperación, los límites y el reconocimiento del otro. La comparación no es casual. El Pontífice parece sugerir que la discusión sobre inteligencia artificial no es solamente técnica, sino profundamente cultural y espiritual.

También llama la atención el tono del documento. Lejos del lenguaje abstracto o excesivamente académico que muchas veces domina este tipo de textos, Magnifica Humanitas tiene momentos de notable claridad. «Ninguna máquina podrá jamás sustituir [la humanidad] en su esplendor», escribe León XIV en uno de los fragmentos que más repercusión generaron desde su publicación.

En un escenario donde cada semana aparecen nuevas herramientas capaces de escribir, crear imágenes, tomar decisiones o incluso reemplazar tareas humanas complejas, la frase funciona como una defensa explícita de algo que hoy parece cada vez más necesario recordar: que el valor de una persona no depende de su utilidad económica ni de su capacidad de competir con una máquina.

Quizá ahí radique la importancia real de esta encíclica. No ofrece recetas técnicas ni respuestas fáciles. Tampoco cae en un rechazo nostálgico del progreso. Lo que hace es algo mucho más difícil: obligar a pensar.

Y en una época dominada por la velocidad, la automatización y el entusiasmo tecnológico permanente, alguien tenía que hacerlo.

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