Hay gestos que no caben en los tratados. Nacen de de un lugar más hondo, donde los pueblos se reconocen hermanos aunque las fronteras los separen. Uno de esos gestos ocurrió hace 44 años, en 1982, cuando Argentina quedó sola frente al Imperio Británico y el Perú —sin dudarlo— extendió la mano.
Aquel 2 de abril, con la Operación Rosario, Argentina recuperó las Islas Malvinas y despertó un fervor patriótico que recorrió toda América del Sur. No obstante, la respuesta de Londres fue implacable. Bajo el mandato de Margaret Thatcher, una flota zarpó hacia el Atlántico Sur, mientras un embargo internacional empezaba a cerrar todas las puertas a Buenos Aires. En cuestión de días, un país entero se descubrió combatiendo en soledad contra una potencia mundial.
Fue entonces cuando Lima llegó. El presidente Fernando Belaúnde Terry recibió a una delegación argentina que viajó en secreto a pedir ayuda. Su respuesta fue un sí, rotundo. Perú entregó diez aviones de combate Mirage 5, misiles tierra-tierra y tierra-aire, tanques de combustible, repuestos y municiones. Firmó, además, órdenes de compra en blanco para que Argentina adquiriera armamento en el extranjero a nombre del Perú. Lo hizo sabiendo el precio: el país andino perdería el respaldo militar británico durante dos décadas y arriesgó sus vínculos con Estados Unidos. La solidaridad, cuando es verdadera, nunca es gratuita.

Los pilotos peruanos bautizaron la misión con un nombre austero: «Traslado». Detrás de esa palabra sencilla se escondía una de las operaciones más audaces y silenciosas de la historia militar latinoamericana. Los Mirage partieron de Chiclayo rumbo a la base de La Joya, en Arequipa, y de allí cruzaron hacia Jujuy y Tandil siguiendo una ruta calculada al milímetro para no ser detectados por los radares chilenos. Previo al despegue, los aviadores retiraron las lonas que cubrían sus Mirage y encontraron que sus aviones ya no llevaban la bandera del Perú, sino la escarapela argentina. Volarían sin identidad, sin poder pedir auxilio, entregando lo suyo para que otros pudieran defenderse.
Cuando aterrizaron, los pocos pilotos argentinos corrieron a abrazarlos. Algunos no pudieron contener las lágrimas. Recibir ayuda militar en momentos de desesperación, de manos de un vecino que nada ganaba con hacerlo. Aviadores como Aurelio Crovetto, Rubén Mimbela El Sapo o Pedro Seabra volvieron de inmediato al Hércules para no levantar sospechas, y regresaron a casa en silencio. Su heroísmo permanecería en silencio durante veinticinco años.
Pero la hermandad no fue solo cuestión de aviones y estrategia. Fue del pueblo. Mientras el gobierno callaba oficialmente, las calles peruanas hablaban con una sola voz. Siete de cada diez peruanos declararon que estaban dispuestos a combatir por las islas (García Belaunde, 2022). «Para el Perú, las Malvinas siempre serán argentinas», era un lema repetido. Aquella bandera, desplegada en un estadio repleto entre los colores celeste y blanco y nuestra blanquiroja, no fue un canto de tribuna. Fue la expresión más pura de un sentimiento nacional.
Belaúnde no se detuvo allí. Convertido en mediador, impulsó un plan de paz que buscaba frenar el derramamiento de sangre y abrir una salida diplomática. El 1 de mayo de 1982 logró que el Reino Unido aceptara, a regañadientes, un principio de acuerdo. La guerra, sin embargo, siguió su curso trágico hasta el 14 de junio.
Han pasado más de cuatro décadas. Argentina condecoró a los pilotos peruanos y homenajeó a Belaúnde como un aliado que nunca falló. Y cada 2 de abril, cuando el pueblo argentino recuerda a sus caídos, vuelve a pronunciar el nombre del Perú con gratitud. Porque hay deudas que no se pagan con dinero, sino con memoria. Y hay hermandades que ninguna distancia, ningún tratado y ningún imperio podrán jamás borrar.
Para el Perú, las Malvinas siempre argentinas.
García Belaunde, V. A. (2022). La intervención del Perú en la controversia de las islas Malvinas. Fondo Editorial del Congreso del Perú.