domingo, junio 21, 2026

La historia, un espejo roto

por Francisco Sanz Specogna

En época de elecciones se vuelve crítico repasar nuestra historia. Pero surge una duda, ¿cuál de todas es la que debemos conocer?

Somos jóvenes que aprendimos de los hechos en los libros y no en experiencias. No hay recuerdo de buenas o malas épocas que sean nítidas de momentos esenciales que nos piden conocer. Algunos de esos hechos están tan enterrados en el tiempo como lo están en tierra todos los que vivieron el evento. Tal es la causa de que aparezcan tantos voceros de la verdad, que gritan sin diálogo e inventan sin recuerdo. Su voz resuena por cada esquina tanto como sus nombres nos persiguen en megáfonos y boletas.

Ellos se despedazan entre sí por nuestra atención: insultos, acusaciones, constantes apelaciones a un pasado abstracto para la juventud. Pareciera ser que solo llama de ellos la controversia, nada más despiertan un mínimo interés por el morbo que generan sus disputas y un fuerte rechazo hacia el burlador y el burlado.

Cantos de responsabilidad ruegan que tomemos mejores decisiones que nuestros padres, pero no hay instrucción que nos ayude a evitar el equívoco cuando ninguna opción es buena. Pocos son los que confían plenamente en su propia y pronta decisión, lo común es agarrarse con fuerza del “menos malo” en una dialéctica amigo-enemigo que cada día parece más caduca.

¿Quiénes son los actores a mirar? Se observan tantos fragmentos que no da tiempo a unir las piezas. Es un rompecabezas con el que se intenta formar un bello paisaje en la unión armónica de sus partes, pero donde ninguna pieza encaja con la otra y el objetivo parece ser imposible de lograr.

Nuevas caras aparecen en el juego, tanto los que dicen entrar por primera vez como quienes lo hacen en verdad. Todo es igual para una generación sin memoria. Y no culpen a los últimos por haber llegado y encontrado tal desastre. Lo único que podemos hacer como primera impresión es sorprendernos frente al alboroto mientras un sentimiento de impotencia nos recorre.

Es difícil entrar a esta novela en pleno desarrollo, teniendo en cuenta lo compleja que ella resulta ser. Para entender la superficie de lo que ocurre en el hoy te exigen saber 200 años de historia, cientos de fenómenos destacables y miles de personajes que tuvieron alguna relevancia en el progreso del guión (cada día te sacan uno nuevo de la manga). Y eso no es lo peor, toda buena historia tiene cierto entramado difícil de desenredar, el problema es que cada quien te la cuenta como quiere.

El narrador se salta las partes que no considera relevante (aunque lo sean), enfatiza algunos personajes de más (quitándole el crédito a otros individuos o eventos), explica las relaciones causales como más le conviene y demás. Si escuchas a dos de estos cuentistas ya es suficiente para que sus relatos se contradigan, ¿cómo esperan que los entendamos si ni ellos logran entenderse entre sí?

Y realmente es una crueldad, cuánta crueldad, de obligarnos a reparar algo que siempre estuvo roto. Para personas que solo vieron lo peor del fenómeno, tratar de reformularlo a su máximo esplendor es una imposibilidad obvia pero ignorada. Es normal que sea así en algunos casos, quien tiene visión no puede comprender por completo al ciego, para ello tendría que identificarse con él perdiendo la vista. Para uno que conoció las mejores versiones de un proceso es normal que piense el mismo como la única manera de ser y hacer las cosas, una época dorada que extiende su resplandor hasta el presente por medio de un recuerdo que pule sus ventanas.

Pero este no sería el caso para los que insisten en corregir algo que incluso en su época estuvo roto. ¿Cómo pueden insistir tanto en algo que solo existió en la promesa? Parece más un deseo de quien está por perder toda esperanza que una guía de quien conoce el camino a seguir.

Mismas palabras, mismos signos, un monótono diálogo que se escucha desde la cuna. Tan común es que parece hacer sordo a los oídos como ruido blanco. A ello lo acompaña un descrédito inculcado por las malas experiencias de los padres. Ambos forman una receta que da como resultado una amarga imagen de todo lo relacionado con la política.

Mensajes entrecruzados sobre nuestros futuros atienden a las justificadas preocupaciones que sentimos. Unos con aires fatalistas marcan la inevitable caída al abismo económico. Otros se emocionan al explicar las maravillosas oportunidades del país. Al final uno no entiende si somos un país rico o uno pobre, si somos importantes a nivel internacional o solo uno del promedio medio-bajo, si estaremos bien o estaremos mal.

«La grieta» de la polarización ideológica deja de tener sentido y abre paso a «las grietas», pues ya son varias las banderas que se levantan con furia en esta batalla campal. Capitalistas y comunistas; fachos, socialdemócratas y troskistas. Tantos nombres y categorías son inentendibles cuando parece ser que ninguno de estos grupos sabe cómo llegar al mando o qué hacer al tomar las riendas del gobierno. Solo queda un suelo seco y agrietado por tantas batallas en tierra que alguna vez fue para el desarrollo de una sociedad.

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