Seamos honestos: cuando se anunció esta secuela, el escepticismo era inevitable. Las segundas partes rara vez están a la altura, y tocar un clásico siempre es arriesgado. Pero The Devil Wears Prada 2 hace algo que pocos esperaban: justifica su propia existencia, y lo hace con estilo.
Volver a ver a Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci reunidos es, en sí mismo, un regalo. La química entre ellos no solo sobrevivió al paso del tiempo —maduró. Andy llega con una confianza que no tenía a los 23, Emily se convirtió en la ejecutiva implacable que siempre supo que sería, y Nigel sigue siendo el corazón emocional de todo. Tucci es el pegamento que mantiene unida la película, y lo hace con esa elegancia sin esfuerzo que lo caracteriza.
Pero lo que realmente sorprende es que la película tiene algo genuino que decir. Esta secuela no es realmente sobre moda: es sobre la transformación del ecosistema mediático, sobre el poder que se concentra en cada vez menos manos y sobre qué significa construir un legado en un mundo que cambia más rápido de lo que nadie puede procesar. Es más ambiciosa de lo que los trailers sugerían, y eso hay que celebrarlo.
Hay una escena entre Miranda y el magnate tecnológico —interpretado con encanto villainesco por Justin Theroux— donde él sugiere que la IA reemplazará a los creadores. Es el momento más incómodo y más honesto del film, y funciona perfectamente dentro de una película que, en su superficie, es divertida y glamorosa. Esa capacidad de hablar de cosas serias sin perder el ritmo es, quizás, su mayor logro.
Meryl Streep viste a Miranda Priestly como si fuera un traje hecho a medida: con una naturalidad que solo ella puede lograr. Su personaje esta vez muestra grietas, vulnerabilidades, una humanidad que el original apenas insinuaba. Lejos de debilitarla, eso la hace más fascinante que nunca.
¿Que arranca un poco dubitativa, con algunos callbacks que buscan demasiado la aprobación del fan? Sí. ¿Que podría haber profundizado más en ciertos arcos? También. Pero una vez que encuentra su propio pulso —y lo encuentra—, la película despega y no para.
The Devil Wears Prada 2 es inteligente, estilizada y tiene exactamente la dosis justa de conexión con el original sin sentirse una copia. Es el tipo de secuela que no solo respeta lo que vino antes, sino que se anima a crecer. Y en un panorama lleno de reboots perezosos, eso vale más que cualquier traje de Valentino.
