domingo, junio 21, 2026

Cuando la teoría no funciona en la política local

por Francisco Sanz Specogna
Obra: “Ruinas de un templo dórico” (1783), de Hubert Robert.

Del centro a la periferia 

El 16 de septiembre de 1980 moría en Ginebra el padre de la psicología evolutiva, Jean Piaget, al día siguiente de la apertura de la 35ª Asamblea General de las Naciones Unidas. Tal reunión tenía como temario principal Afganistán, Oriente Próximo, el sureste asiático y los problemas generales de las relaciones entre países industrializados y en vías de desarrollo. En el público enemistado contra esa entidad abstracta que llamaban “globalismo” se escuchaba el rumor de un intento por parte de las “naciones civilizadas” de controlar a sus mascotas: leopardos, camellos, tigres y… ¿qué más? 

La periferia de la que se hablará en este escrito es del suelo de antiguos sénecas, mohicanos, mexicas, mixtecas, toltecas, mayas, chibchas e incas. Considerados en sí como animales por los colonos, mismos que llevaron una revolución total a la vida de los nunca llamados americanos. Trajeron consigo metales refinados, flora y fauna entonces exótica, intereses, deseos y sueños; de estos últimos se hablará. 

Comprensión de un mundo nuevo 

La voz del viejo mundo encontró eco en extensiones de tierras nunca antes vistas, y tuvo desafíos antes inexistentes en sus madres patria. Durante siglos e incluso hoy se observa una combinación conflictiva entre un amoldamiento frente a la cruda realidad y una adaptación del entorno con objeto de replicar lo antes conocido. Muchas estructuras e instituciones se formaron en esa mezcla explosiva, entre ellos, varias formas de gobierno que se han tratado de tipologar (a fuerza de lo conocido) dentro de la democracia. 

Qué poco ha cambiado la estructura de nuestras ideas respecto a la comprensión del poder; desde siempre y, en particular, en los últimos 100 años. La comprensión del sistema en el que nos encontramos no nos pertenece individualmente, es parte de ese espacio del imaginario colectivo, al que se entiende como sentido común. Lo llamado «social» nos construye tanto como nosotros a él, pero a veces parecemos incapaces de ejercer esa influencia particular en el mundo de las ideas, este es, el espacio de mayor dificultad y poder. 

Se oye una frase de Piaget, poco aplicada, pero siempre recordada: “Lo que vemos cambia lo que sabemos. Lo que conocemos, cambia lo que vemos”. Sobre ella se han llevado a cabo proyectos locales por reconstruir lo que conocemos al darle nueva forma al mundo por medio de su nombre. Uno de estos intentos tiene origen en un compatriota, Guillermo O’Donnell, que ha desempeñado una constante labor en definir estos sistemas que nos pertenecen como colectivo. 

El trabajo de definir lo propio nos permite formarnos como una entidad total, dejando de ser la copia imperfecta de un universo al cual no pertenecemos. Solo así se podrá avanzar en el acto que nos compete. Pensando en lo que somos surgen las preguntas de lo que queremos ser. Como derivado de las formulaciones sobre dónde nos encontramos, qué nos rodea, quiénes son sujetos y qué no… surgen las alternativas que nos permiten caminar. 

Argentina responde a la contradicción 

Seis golpes de Estado efectivos se experimentaron en la Argentina del siglo XX. En ese entonces, durante veinticinco años de cien, el país estuvo bajo el mando de regímenes inconstitucionales. El primer agente que surge como interruptor del orden dado por los fundadores de la nación son las fuerzas armadas, pero no se debe olvidar el papel que muchas veces jugaron otros actores, tanto en su apoyo para que sucedieran estos actos como en el consentimiento silencioso y permisivo que siguió al gobierno de facto posterior.  

Resuenan como partícipes, cambiantes según el caso: la Iglesia católica, sea de forma explícita o en las sombras; varios partidos políticos, destacados en su papel de oposición pero inútiles al tomar el timón; grupos económicos de todas las índoles, sean terratenientes u obreros de fábrica; y muchos otros que prefieren barrer su pasado debajo de la pulcra alfombra de los modernos derechos humanos y el convencional institucionalismo. En resumen, ha existido cierto apoyo dinámico de la sociedad hacia estas vías de cambio de régimen no reconocidas en su ordenamiento jurídico.   

Lo curioso es que, durante todo ese tiempo, nunca cuestionamos el nombre de nuestro sistema, aunque no respetáramos las normas básicas que le dieron forma. Nunca se pensó eliminar el título de “Estado democrático” al país, sino que a los casos mencionados se los catalogaba como “períodos de facto”, culpando al gobierno de turno y las circunstancias del momento. Es común el uso de ciertos argumentos, como la crisis inminente y el pensamiento de época, para evitar una crítica más profunda que merece el argentino al pertenecer a un sistema que no encaja en el molde democrático en el que se encuentra. 

Vivimos rodeados de leyes y valores que expresan un mundo de apariencia excepcional en el papel, pero la vida cotidiana (más rápida que cualquier idea) hace que actuemos en un plano distinto al de la tinta. Ya que las normas por las que nos regimos muchas veces no se encuentran escritas. El trabajo en negro, los pagos de sobremesa, los favores a amigos, la búsqueda laboral por contactos de familia y demás; todos son ejemplos de una realidad muy alejada del que muchos teóricos han planteado. No somos, ni fuimos, ni tendemos a ser la burocracia de Weber, ni la República de Madison o Platón. Esto es, porque estos autores le hablan a sus circunstancias, porque vivieron mundos distintos a los nuestros y sus construcciones sobre una sociedad ideal refieren a las características de su sistema social. 

Un caso más 

En la década del 40′, surgió en el país una corriente política catalogada por los más variados pensadores (aunque por distintas razones) como populista. El movimiento peronista superó las barreras del partido político para convertirse en una manera de entender la realidad, nacida de un hombre que le dio su nombre y representada a lo largo de la historia por varias entidades. En su momento, el sujeto que encarnó el movimiento llevó a cabo, desde el sillón presidencial, una serie de cambios que de cierta manera refundaron la sociedad, pero que cierto remanente decidió combatir. El ejemplo más claro fue el de la Constitución del 49′, misma criticada por seguir un cuestionable proceso de reforma, para luego ser abolida por una todavía más cuestionable proclama militar siete años después. 

Hoy, parte importante de la población culpa al movimiento de generar en la sociedad y el Estado argentino el “germen anti-democrático”, debido a las características personalistas y clientelistas que se le atribuyeron a dicha corriente. Misma crítica que otra buena parte de la población atribuye a los militares y cierta porción de la ciudadanía que siempre los apoyó. Ciertamente, entre estas posturas es imposible discutir si únicamente se basan en la propia reivindicación y la acusación del rival. Cuando la mente se cierra en la búsqueda de un culpable para las heridas de la nación, en vez de traralas y calmar el dolor, solo se produce odio, nunca una cura. 

Solo cabe decir que el peronismo no es la causa de todos los males de este país, tampoco la razón que explica el fallo de la democracia en totalizar todas las vías de comunicación de la sociedad argentina. Fue un canalizador, pues encauzó ciertas demandas latentes en el conjunto social; atendió la necesidad y deseo que existía en muchos de tener, entre otras cosas, un gobierno con identidad completamente nacional que respondiera a los rezagados y les diera voz (fuera de los resultados que tuvo luego de instalarse en el poder). Es imposible que sea el origen de todos los males cuando justamente uno se esos males le dio origen, naciendo como un mecanismo para tratar de resolverlo. 

Reconocer el problema para buscar la correcta solución 

El binomio democrático-autoritario no permite entender lo que sucedió en ambos casos, no sirve para esclarecer la realidad en la que estamos inmersos. Tampoco pudo ofrecer herramientas que resolvieran los grandes conflictos reflejados en los tiempos de crisis, generando uno de los argumentos que legitimó el uso de vías inconstitucionales y el deseo de regresar a sistemas pasados. El concepto de la democracia jamás llegó a comprender la relación que el país llevaba y deseaba llevar entre la sociedad y el Estado. Nunca totalizó todos los canales de comunicación que utilizamos, ayer y hoy, para la instrumentalización del poder. 

Para resolver las bases del conflicto hay que hablar de identidad, en específico, la nuestra. Tratar el tema de lo que somos, si somos o no democracias, es volver al constante problema de la justificación del Estado. Preguntarse por nuestro sistema de gobierno es preguntarse por quién y cómo nos gobiernan, cuál es la relación del individuo o el colectivo social (según la postura que se tome) respecto a la esfera de lo público, cuáles son los límites del poder al espacio íntimo de cada uno. 

Todas las respuestas que se han dado fueron la continuación de una historia de intereses, siempre ha existido una unión confusa entre lo que se pretende conseguir con el acto y la acción misma. Esto en sí no es algo malo o que se deba evitar, de hecho, es imposible escapar completamente de esas ideas que nos convierten en lo que somos y nos llevan a actuar. Incluso la formulación de la pregunta conlleva intereses propios. Pero hay que reconocer que no se ha brindado una respuesta universal, capaz de adaptarse a todos los contextos, por más que muchas personas se han vendido como portadoras de La Verdad. 

Volviendo al hilo de la cuestión, ¿en qué afecta la respuesta que demos a estas preguntas? Las creencias de sentido común de las masas, que constituyen el mundo que observamos, es la fuente de la que mana la legitimidad de los gobiernos. Los gobernantes no pueden tomar de forma constante decisiones que no tienen sentido o que no pueden justificarse ante los miembros de la comunidad política en su conjunto. Se trata de la fundamentación de su actuar, el legitimante de su poder ante la sociedad. 

Una entidad sui géneris 

Cuando el tomador de decisiones no cuenta con el aval del grupo, este es desplazado; por la misma razón es que los gobiernos sufren golpes, conspiraciones o revoluciones. Para contar con su apoyo, el gobierno necesita entender y responder a (al menos) una parte de las demandas de los gobernados, mismas que tienen un lenguaje propio por ser descifrado. Como los gobiernos parten en su origen de la sociedad, teniendo como fin satisfacerla, queda claro que los gobiernos son un reflejo de la sociedad. 

Y si la sociedad quiere producir un cambio en la estructuración de su conducción política, necesita comprender otras formas de canalizar el poder y conducirse a sí misma. Para ello se debe aprender la lección que nos ha dejado nuestra historia, comprendiendo que la solución no es un cambio de los elementos de la fórmula, con la atención puesta al orden de los elementos que se tienen preconcebidos. Si un concepto no explica el fenómeno, la respuesta estará en definir al fenómeno por sí mismo para luego diseccionar sus partes y analizarlas. 

Está claro que no nos inscribimos en los estándares de la democracia del primer mundo, ni fuimos una “total democracia” en vista de sus índices. Pero no nos pensemos mal como una falla y a ellos como el resultado exitoso, porque cuando uno se utiliza a sí mismo como tipo ideal es normal que otros distintos no lo alcancen. Como mínimo, fuimos una subtrama distinta al resto que se engloba en esa categoría; y de máxima, somos nuestra propia categoría. No persigamos realidades distintas a la nuestra, sepamos entender la realidad que tenemos para así poder mejorarla. 

Llamado a crearnos una identidad 

Podemos hacernos llamar poliarquías, democracias delegadas, caudillismos sociales o lo que fuere, lo importante es hacernos llamar. Ponernos un nombre nos da la libertad que no se tiene al ser nombrados por un otro, se trata de hacernos un lugar entre esos extraños lenguajes y formar nuestro diccionario. Todo para que esta realidad que parece siempre fallar frente a la teoría deje de hacerlo y simplemente sea lo que es. 

Partiendo de esta base es como se logrará progresar, reconociendo nuestra identidad. Dejar de ser una excepción o un ejemplo peculiar para volvernos el propio objeto de estudio es fundamental para la comprensión del sistema en el que nos encontramos. 

Nuestra guía deben ser esos fragmentos de saber que entienden la realidad como lo que es, una de tantas que son y podrían ser. Recordemos, una vez más, las lecciones de Piaget: solo la educación es capaz de salvar a nuestras sociedades de un posible colapso, ya sea violento o gradual; si un individuo es pasivo intelectualmente, no conseguirá ser libre moralmente; todo lo que se le enseña a un niño es impedimento para que lo invente o descubra; y (la más importante) conocer es inventar.

Plan específico 

Entonces, ¿qué hacemos? Para el caso argentino, es requisito algo tan básico como el financiamiento a la educación. Pero se trata de una inversión en inteligencia que debe hacerse de forma inteligente, una economía del conocimiento basada en el conocimiento local. Lo que se encuentra en juego al invertir en educación e investigación de lo propio es lo vital, la identidad nacional.  

Ello sumado a la revalorización de los valores nacionales y regionales, nuestras figuras históricas representativas y padres patrios. Sacar a relucir los elementos que componen la profunda ideología, formadora de la identidad colectiva, refuerza y asegura la cohesión social. Esto es base que permite los cimientos de la construcción teórica que lleva a la formación de conceptos e ideas que inclinen el actuar, en este caso, en la política nacional. 

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