sábado, junio 13, 2026

Salir del abismo

Cada cinco años, las urnas escriben los próximos cincuenta. Un gobierno puede empujar a un país hacia adelante o clavarlo en el sitio durante una generación, y estos comicios no son la excepción. En 2021, el Perú entregó la presidencia a Pedro Castillo —la opción que desde estas páginas advertimos que era un riesgo para la democracia—, y la advertencia se cumplió. Buscó enquistarse en el poder. El 7 de diciembre de 2022 rompió el orden constitucional: ordenó disolver el Congreso y poner bajo su mando a jueces y fiscales. Las instituciones resistieron, lo destituyeron esa misma tarde y hoy cumple condena. El panorama es otro, pero no es inocente. Ningún Congreso aguarda esta vez con la vacancia al presidente que salga de las urnas; y, sin embargo, la tentación antidemocrática no entró a prisión con Castillo. Cambió de rostro y vuelve a presentarse.

Hace cinco años, el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa nos advirtió que con la posible victoria de Castillo nos estábamos asomando a un abismo. Unos meses más tarde, el perulibrista había ganado y nosotros ya estábamos en la vorágine del caos.

Hoy no escribimos para fingir una serenidad que las circunstancias desmienten. Un diario que atravesó años de zozobra —mandatos truncados, equilibrios rotos de un día para otro, gabinetes efímeros— ha aprendido que no puede callar cuando la casa cruje. Lo que hoy está en juego no es un rostro ni un apellido. Es una pregunta tan vieja como las polis: si un pueblo edifica sobre lo que ya conoce o lo derriba entero con la esperanza de levantar algo mejor sobre el vacío.

Hoy se enfrentan Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, dos caminos que ya conocemos. Por un lado, la oferta naranja; por el otro, el sombrero. Son, en esencia, las mismas alternativas que el Perú tuvo frente a sí en 2021, y ambas conservan los rasgos que entonces definían sus riesgos y sus promesas.

Por un lado, tenemos una opción que reivindica el camino que sacó a millones de la pobreza y defiende la inversión, la disciplina fiscal y la previsibilidad; una candidatura que llega con experiencia y estructura para gobernar, no apenas para alcanzar el poder. Del otro, una corriente que ha hecho de la palabra refundar su bandera: borrar lo edificado para empezar de cero. Refundar suena atractivo en una plaza. En la economía de un hogar, en la decisión de invertir o emigrar, se llama incertidumbre.

El Perú conoce bien esa palabra. La vio en capitales que hicieron las maletas sin despedirse, en obras congeladas a medio camino, en un Sol que temblaba cada vez que una autoridad improvisaba en voz alta. Nadie que haya vivido esos años —y los hemos vivido todos— puede sostener con honestidad que la estabilidad es accesoria. Al contrario: es la reja que evita la caída. La estabilidad no tiene color político. No es de derecha ni de izquierda. Es de quienes quieren que el país siga su rumbo.

Hoy no se elige a un ídolo ni a un salvador. Se elige un rumbo. Y el rumbo que este diario defiende es el del Perú que produce, que invierte, que cumple sus reglas y que se niega a despertar cada mañana preguntándose qué institución amaneció en crisis. Es el país aburrido, en el mejor sentido de la palabra: el de quienes pueden hacer planes porque confían en que el suelo no se abrirá bajo sus pies.

Las urnas cierran a las cinco de la tarde. Después vendrán los conteos, las actas y la larga noche de los números. Pero la decisión verdadera se toma antes, en el instante íntimo y soberano frente a la cédula, cuando ya no hay encuestas ni tribunas y lo único que trasciende es la conciencia.

El abismo —lo hemos aprendido a fuerza de golpes— no desaparece contemplándolo. Se supera dándole la espalda y echando a andar. Ese país se decide esta tarde. Mañana, como casi siempre, será demasiado tarde para arrepentirse.

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