A comienzos de 2021, cuando su nombre todavía no figuraba en las encuestas y la prensa limeña apenas reparaba en él, Pedro Castillo Terrones concedió una entrevista que hoy se lee como una profecía incómoda. El docente chotano, que meses después llegaría a Palacio de Gobierno desde el último escalón de los sondeos, no dedicó sus palabras más duras a la derecha que decía combatir. Las reservó para sus vecinos de orilla: la otra izquierda, la que aspiraba al mismo electorado y, sobre todo, a la misma legitimidad.
Su tesis era tajante. La izquierda peruana, sostuvo, había dejado de estar fragmentada en una decena de siglas para condensarse en dos almas irreconciliables. Una era «popular»; la otra, «caviar». La primera, dijo, la encarnaba Perú Libre. La segunda, Juntos por el Perú. Todo lo demás, agregó con desdén, era derecha sin matices ni centro. La frase, cargada de la connotación despectiva que en el Perú se reserva para el progresismo limeño y acomodado, se convertiría en una de las marcas discursivas de su campaña.
Puede tener algún conocimiento teórico de izquierda, pero nunca ha tenido ninguna experiencia de lucha.
Pedro Castillo (2021)
Una frontera más moral que ideológica
Lo que Castillo trazó aquel día no era una disputa de programas, sino de pedigrí. La distinción entre lo «caviar» y lo «popular» no pasaba por el contenido de las propuestas —ambas eran similares—, sino por el origen, el financiamiento y, sobre todo, por la legitimidad para hablar en nombre del pueblo.
A Verónika Mendoza, entonces candidata de Juntos por el Perú, la ubicó sin contemplaciones del lado equivocado de esa línea. La acusó de representar en realidad a la socialdemocracia, esto es, de buscar «humanizar el neoliberalismo» en lugar de desmontarlo. Calificó su proyecto de utopía sin sustancia y puso el dedo en lo que consideraba su talón de Aquiles: el financiamiento de su candidatura a través de organizaciones no gubernamentales extranjeras, un detalle que, a su juicio, la descalificaba como alternativa seria de izquierda.
Verónika representa en realidad a la socialdemocracia, es decir su fin es maquillar el capitalismo, es humanizar el neoliberalismo, en realidad pura utopía caviar.
Pedro Castillo (2021)
El golpe más fino, sin embargo, fue otro. Castillo reconoció que Mendoza podía dominar la teoría política, pero le negó de plano lo que para él era la única credencial que importaba: la experiencia de lucha en las calles. Frente a esa izquierda de seminario y de ONG, reivindicó a Perú Libre como un partido nacido en el interior del país, sin asesores ni dinero foráneo, templado en la gestión regional de Junín. Era, en esencia, el argumento del campesino frente al académico.
El nombre que la entrevista calló
Hay un personaje que el reportaje de 2021 no menciona, porque entonces no hacía falta. El partido que Castillo situaba en el polo «caviar» tenía un presidente, y ese presidente era Roberto Sánchez.
Fue Sánchez quien, en octubre de 2020, anunció ante las cámaras que Juntos por el Perú concentraría toda su apuesta en una sola candidatura presidencial, la de Mendoza, tras un proceso de consensos entre más de una veintena de agrupaciones aliadas. Él mismo encabezó la lista al Congreso por Lima Metropolitana. En la cartografía política que Castillo dibujó pocos meses después, Sánchez no estaba en la trinchera popular ni cerca de ella: era el rostro orgánico, dirigencial, de esa izquierda que el candidato de Perú Libre consideraba ajena al pueblo que decía representar.
La ironía es que la historia los terminó uniendo. Castillo ganó la presidencia contra todo pronóstico y Sánchez acabó integrando su gabinete como ministro de Comercio Exterior y Turismo. No fue un ministro más: fue el único que sobrevivió a la totalidad del mandato, el rostro de continuidad en un gobierno que devoró premiers y carteras a un ritmo vertiginoso. Llegó a especularse, incluso, con su ascenso a la jefatura del gabinete.
El silencio del 7 de diciembre
La lealtad, sin embargo, tuvo un límite cronométrico. El 7 de diciembre de 2022, después de que Castillo intentara disolver el Congreso y gobernar por decreto, el Pleno votó la vacancia presidencial. En aquella sesión —102 votos a favor, seis en contra, diez abstenciones— Roberto Sánchez no votó para defender a su jefe. Se abstuvo.
El dato es revelador por su compañía. Según los registros parlamentarios, casi todos los congresistas que aquel día votaron en contra o se abstuvieron habían llegado al Congreso por Perú Libre; la excepción notoria fue Sánchez. Es decir: en el momento decisivo, el dirigente de la «izquierda caviar» no se jugó por el presidente de la «izquierda popular», pero tampoco lo condenó. Eligió la casilla amarilla, la del que no quiere quedar atado ni al naufragio ni al rescate. Después justificaría su abstención apelando a un genérico «restablecimiento del equilibrio de poderes».
No sería la última vez. En marzo de 2023, cuando el Congreso debatió suspenderlo por su rol en la crisis, Sánchez se salvó del desafuero gracias, paradójicamente, a los votos de la derecha fujimorista y de Acción Popular, las mismas fuerzas que la izquierda popular consideraba su enemigo natural.
El heredero improbable
Cinco años después de aquella entrevista, el círculo se cierra de la manera más inesperada. Roberto Sánchez recorre el país como candidato presidencial de Juntos por el Perú, exige la libertad de Pedro Castillo —hoy condenado a más de once años de prisión por la asonada— y lo hace tocado con el sombrero campesino que se convirtió en el emblema inconfundible del profesor de Chota.
El gesto no es casual. El accesorio que simbolizó al líder rural, al hombre del Ande que irrumpió sin pedir permiso en la política limeña, corona ahora la cabeza de un psicólogo nacido en Huaral, curtido durante dos décadas en la política capitalina y domiciliado en el acomodado San Borja. Es la estética del pueblo al servicio de un dirigente que el propio Castillo había clasificado, sin ambigüedad, del otro lado de la frontera.
Leída con la perspectiva del presente, la entrevista de 2021 dejó de ser un retrato de campaña para volverse un involuntario manual sobre las costuras de la izquierda peruana. Castillo creyó estar marcando una diferencia de principios; en realidad describía una pugna por una herencia. Y esa herencia —el sombrero, el relato del pueblo agraviado, la promesa de redención del olvidado— terminó capitalizándola precisamente quien, en aquel momento, era todo lo que el profesor de Chota juraba no ser.